miércoles, 30 de marzo de 2011

Un miércoles infinito...

Me levanté, y ví que era miércoles. Me levanté y me vestí. No tenía ganas de nada... ya quedaba menos para el fin de semana...
Un día normal en clase... Sin ninguna novedad. 
Me extrañó una llamada, la de Irune, a las tres de la tarde... Hoy también había faltado a clase, y eso seguía siendo extraño. Decía de quedar conmigo en su casa a las cuaatro. Acabé de comer, recogí, i cogí la bicicleta para dirijirme a su casa.
No me sorprendió que al llegar Sandra me abriera la puerta. Las dos subimos a la habitación de Irune. Al entrar, Irune nos hizo sentar en su cama. Me encantaba la habitación de Irune...
-Os he llamado porque os tengo que contar una cosa... - Empezó Irune.
Me la quedé mirando. Irune era muy delgada, desde que la  conocí al principio de la ESO, pero, la veía mucho más delada últimamente.
-Chicas...-Irune tragó saliva- Me voy.
-¿¡Qué?!-Chillamos a la vez Sandra y yo.
-¿A dónde? ¿Por qué? ¿Cuándo volverás?-Dije alterada. No me lo podía creer.
-Mi madre me llevó al médico hace un par de meses. Me dijieron que sí no engordaba un par de quilos me meterían en un centro para anoréxicas-Dijo Irune, mientras se le llenavan los ojos de lágrimas.
Me puse a llorar, no me lo podía creer. Miré a Sandra, para ver su reacción. No lloraba, pero estaba muy palida.
-¿Por qué no nos dejastes aydarte?-Pude decir, con un hilo de voz,
-No quería que supieraís lo mal que lo pasaba...-Dijo ella, llorando- Hoy ingreso en el centro.
No me lo podía creer.
Entró la madre de Irune, María, y nos dijo que nos teníamos que marchar, que ellos tenían que irse. Nos dió el número por si nos apetecía llamar. 
Estaba temblando, a medio camino tube que bajarme de la bici e ir  andando. se me ocurrió ir a buscar a Lucas. Cuando me abrió la puerta me lanzé sobre él llorando. Él me abrazó fuerte y me invitó a entrar.
Me sirvió un chocolate caliente para que me calmara. Se lo conté todo. Él, en ningún momento dejó de abrazarme. Más tarde me consoló y estubimos toda la tarde juntos en su sofá. Cuando mi madre me llamó, Lucas me acompañó a casa. me besó. Fué un beso apasionante, pero a la vez notava que se sentía preocupado. Suponía que debería ser por mi, y al mismo tiempo por Irune, que también amigos.
Se lo conté a mi madre, llorando, y me dijo que ella ya lo sabía, que hacía un par de minutos que María le había llamado. No cené. No me entraba nada en el cuerpo. Sólo me quería despertar y ver que todo había sido una pesadilla; una gran pesadilla.

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